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Un policía multa a Boris Betancourt en la Calzada del Cerro, La Habana, en 2002
Archivo personal · La Habana, 2002
Testimonio · Mi historia política

mi vida, mi persecución y mi lucha por la libertad de Cuba

Por Boris Mauricio Betancourt Hernández, presidente y fundador · 26 min de lectura

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Publicada por la organización Camino a la Democracia de Cuba (CDC) y su presidente.

Mi nombre es Boris Mauricio Betancourt Hernández, opositor cubano, empresario y líder de la organización anticastrista Camino a la Democracia de Cuba (CDC). A continuación, escribo parte de mi vivencia en Cuba, la represión que sufrí por parte del gobierno comunista y parte de mi activismo desde que comencé en la oposición. Esta historia será publicada en periódicos internacionales para que se conozca una parte de lo que viví y las razones que marcaron mi lucha política.

01Mi familia

Nací el 4 de marzo del año 1986 en uno de los barrios más hermosos de Cuba, el reparto Palatino, del municipio Cerro, en Ciudad de La Habana. Soy hijo de Mileydis Hernández Pérez, una mujer muy hermosa, que estudió enfermería, cuyos padres, mis abuelos, eran Osvaldo Hernández, que fue sargento de la policía de Fulgencio Batista, y Juana Rosa, “Mima”, los cuales sufrieron una gran persecución. Mima fue la mujer más noble que he conocido en toda mi vida. Mi abuelo nunca la dejó trabajar, por lo que fue ama de casa y era de religión adventista. Fue con ella que conocí la Iglesia. Mima siempre me recordaba mis primeras palabras, a los nueve meses de nacido: “Cristo me ama”. Esas fueron mis primeras palabras y las pronuncié adentro del corral, según me contaban Mima y mi tío Juan Carlos, que estaba presente en ese instante. Mi padre es Boris Betancourt, hijo de mi abuelo Luis Adrián Betancourt y de mi abuela Sonia Stincer, quien siempre fue mi defensora compulsiva. Mi padre estudió Periodismo y en Cuba trabajó escribiendo libretos para el programa Radio Progreso. Mi abuelo y mi abuela paternos también estudiaron Periodismo en la Universidad de La Habana y fue allí donde se conocieron. Mi abuelo Luis Adrián Betancourt Sanabria nació el 10 de mayo de 1938 en Placetas, Villa Clara. Fue uno de los escritores y periodistas reconocidos de Cuba, principalmente por sus libros y novelas policiacas. Fue director de la Unión de Escritores Policiacos de Cuba y sirvió como corresponsal en diferentes países. Soy único hijo de ambos padres.

02Los primeros recuerdos que marcaron mi vida

Mis padres nacieron en el municipio de Marianao y eran vecinos; vivían a una casa de separación. Siendo aún muy joven, mi madre, sus padres y mis tíos se mudaron para el barrio Las Cañas, en el municipio Cerro. Se mudaron debido a la fuerte persecución de las autoridades de Fidel Castro hacia mi abuelo por haber pertenecido al gobierno de Batista.

Nunca aceptaron a mi abuelo materno en ningún trabajo, solamente cortando caña en los fracasados cañaverales de la Revolución de Fidel Castro. Años después aprendió barbería y comenzó a cortar el cabello desde su casa. Era el mejor barbero del barrio. Siempre fue contrario a Fidel Castro. Todas las tardes escuchaba Radio Martí en su cuarto con una antena que él mismo inventó y con la que cogía las ondas cortas de Miami. A mí me gustaba sentarme junto a él a escucharla y juntos debatíamos. Él siempre me hacía cuentos positivos de cómo se vivía en Cuba antes de la Revolución de los Castro. Éramos muy pobres. Fue en su casa que llegué a comer gatos, pizzas de condones y bistec encebollado de frazada de piso. Esos recuerdos forman parte de la Cuba en la que crecí y de una realidad que nunca he podido olvidar.

A la edad de once años gané el concurso de literatura a nivel provincial “La Flauta de Chocolate”, donde conté la historia de mi primera perrita, “Coquina”. Mi primer premio conmovió mucho a mi papá y a mis abuelos paternos, pero la felicidad duró poco. Comenzando el séptimo grado de la secundaria, a la edad de doce años, mi padre se enfermó y, por eso, según me dijo mi abuelo, emigró hacia el país que tanto amo hoy, los Estados Unidos. Su separación causó en mí una fuerte depresión. Mi padre me dejó muchos recuerdos que eran imposibles de olvidar, uno de ellos fue todas las madrugadas en que no me dejaba dormir por el ruido de su vieja máquina de escribir armando los libretos que debía entregar al siguiente día a la emisora de Radio Progreso. Recuerdo cómo se emocionaba entre su escritura y escuchando a los Beatles en su Walkman; ni cuenta se daba de que yo estaba en el cuarto durmiendo y al otro día debía ir a la escuela. A mí también me gustaba escuchar música, como a mi papá, pero las canciones de Enrique Iglesias: siempre he sido un romántico moderno. Todos los días cantaba en el baño, según mis abuelos, que eran mis únicos fans, y yo de ellos. Sueño con poder volver a abrazarlos.

Además, comencé a tener problemas en los estudios, por lo que suspendí el octavo grado y tuve que repetirlo. A mediados del octavo grado me expulsaron de la escuela José Martí porque el profesor de matemáticas me chivateó con la directora: le mostró los panfletos que yo les estaba enseñando a otros alumnos, con los que nos estábamos poniendo de acuerdo para repartirlos después de terminar las clases. El profesor, que era un viejo de afiliación comunista, además le contó a la directora lo que yo le había dicho: que eso era para que sacaran del poder al descarado de Fidel Castro. Decir eso me costó caro, a mí y a mi hermosa madre, que tuvo que pagar unos chavitos, y con la ayuda de Dios me aceptaron en la tercera escuela a la que fuimos a matricularme. En las primeras le decían a mi madre que ahí no me podían tener porque yo era un “gusanito contrarrevolucionario”, y todo solo por pensar diferente.

La separación de mi padre causó mi primer rechazo al comunismo de Fidel Castro. Comencé a analizar por qué mi papá tenía que emigrar de Cuba para encontrar medicinas y mejor comida para su enfermedad si, según decía mi abuelo Luis Adrián, en Cuba estaban los mejores doctores y las mejores medicinas del mundo y todo era gracias a Fidel. Después de eso me di cuenta de que los comunistas eran unos mentirosos y nunca más permití que se hablara bien de la Revolución ni de Fidel delante de mí.

Ese viaje sin regreso de mi padre, sumado a las lujosas villas con abundantes comidas de los comunistas mientras mi otra familia y el pueblo morían de hambre, desmentía todas las promesas de los Castro. Fue por esas razones que decidí meterme en la oposición y coincidir con los pensamientos de mi primer líder, mi hermano y vecino Adrián Leiva. Todo el daño psicológico que me ha causado la dictadura de Fidel Castro desde que soy un niño es incurable, imborrable e innegociable.

03La contradicción

Mis primos por parte de madre se tenían que bañar dentro de un viejo tanque de fibrocemento con agua con peste a pescado porque era el tanque de una pescadería; ellos no tenían piscinas a donde poder ir. Por otra parte, los dirigentes comían langostas y filetes de carne de res en sus lujosos restaurantes mientras esos alimentos eran prohibidos para el pueblo: a un vecino de mi mamá le metieron quince años porque le cogieron unas libras de carne de res dentro de una mochila cuando iba para su casa a llevárselas a su familia. Me parecía un acto cruel. También veía a todos esos policías en las escuelas de cadetes practicando artes marciales y pensaba en cómo después abusaban del pueblo en las calles por cosas absurdas, solo por pensar diferente a ellos. Podían parar a una persona en la calle y, al ver que estaba lejos de su casa o caminando a altas horas de la noche, caerle a golpes y llevarla presa.

Los fines de semana eran los días más divertidos y también los más estresantes para mí. Todas las semanas mis compañeros de la escuela hacían fiestas en sus casas, en las que participaba toda la escuela; era la única diversión. Siempre tenía que usar la misma ropa, porque no había variedad ni dinero para comprar más, y menos zapatos. Tenía que usar los mismos zapatos de la escuela también por las tardes; me tocaba pasarles un cepillo para limpiarlos y que parecieran nuevos, pero seguían siendo los mismos. No quedaba de otra.

Con la ropa muchas veces resolvía, pero debía ir caminando veinte cuadras hasta la casa de mis primos Yosvany y Maikel, que vivían con mis abuelos maternos, y si los podía convencer me prestaban su ropa, que me quedaba grande, pero era mejor que la mía. La mayoría de las veces lo hacía así, aunque ellos no siempre me la prestaban. Si no, me tocaba decírselo a mi abuela Mima, que siempre me decía que sí: aunque mis primos le protestaban, terminaba convenciéndola y siempre me la prestaba. Y cuando mis primos la escondían, iba caminando diez cuadras más, a la otra parte de la Calzada del Cerro, por el Maravilla, a convencer a Mayito, que me la prestaba. El Mayo, como yo le decía, era contemporáneo de mis primos y nos hicimos muy buenos amigos. Ese es mi hermanito: siempre me decía que sí, y siempre lo reconozco como mi buen amigo, que nunca me falló.

Así me tocó vivir mi adolescencia y parte de mi juventud en Cuba, y así continúa viviendo la juventud cubana, y hasta peor. En Cuba se vive en constante estrés por todo.

Por otro lado, mis abuelos paternos, que me criaron, se mudaron de Marianao con mi papá Boris Betancourt y mi tía Tatiana (Tati) para el barrio Palatino del Cerro, que casualmente quedaba a corta distancia de las calles del barrio donde vivía mi madre, lo que me permitía visitarlos caminando. Esa casa de Palatino se la regaló Fidel a mi abuelo.

Como todos los intelectuales en Cuba, mi abuelo paterno desde joven fue reclutado por el MININT y perteneció a la Seguridad del Estado (DSE) y al Partido Comunista de Cuba (PCC), y obtuvo numerosos reconocimientos y carnés comunistas. También obtuvo tres armas, una de ellas una Colt 45 negra que le regaló el dictador Fidel Castro. Además, tenía muchos beneficios que la mayoría del pueblo de Cuba no podía disfrutar.

04Lo que perdió mi abuelo por defenderme

Mi vivencia en Cuba fue un calvario por culpa del comunismo de Fidel Castro. Solo estudié para pasar mi noveno grado porque me botaron de la escuela por pensar diferente al régimen de los Castro, y porque en ese momento pensaba que estudiar era una pérdida de tiempo al ver lo que ganaba un profesional y cómo lo explotaban. Tampoco trabajé para el Estado, porque con lo que pagaban no alcanzaba ni para cubrir los gastos de los servicios básicos de la casa, y porque si estudiaba debía pertenecer a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y si trabajaba para el Estado había que pertenecer al Partido Comunista de Cuba (PCC), y eso iba en contra de mis pensamientos libres y de mi convicción. Tampoco acepté ir al servicio militar obligatorio, ni nunca acepté hacer guardias cederistas, ni participé en ninguna actividad comunista, lo que ocasionó grandes y graves problemas a mi abuelo, por su trayectoria política.

Años más tarde le quitaron todos sus carnés, condecoraciones y armas por defenderme y no permitir que me mandaran para la cárcel. Me sacó en más de treinta ocasiones de los calabozos de casi todas las unidades de policía de La Habana, utilizando sus contactos del MININT y de la Seguridad del Estado. En Cuba, el que tiene contactos en el gobierno no va preso, pero conmigo se cansaron. A mi abuelo le quitaron hasta sus antigüedades y objetos de valor, lo botaron como un perro del Partido Comunista de Cuba (PCC) delante de todos sus compañeros, diciéndole que era por defenderme y por tener viviendo en su casa a su nieto que según ellos era un gusano contrarrevolucionario, todo por pensar diferente a ellos.

05El deseo de mi abuelo paterno y cómo influyó en mis ideas

Desde niño mi abuelo siempre quería que fuera policía y por eso un día me dio un uniforme de la policía. También me cocinaba y me llevaba a hacer picnic a diferentes lugares históricos de la Revolución Comunista; ahí me psicologizaba y me contaba la historia de lo que hizo Fidel en esos lugares, también me llevaba a escuelas de cadetes del MININT, y para premiarme me llevaba a sus villas de descanso en la playa de nombre Villa Corral, que estaba en Boca Ciega, y a su club de nombre Cristino Naranjo en Miramar; además de estos lugares, los comunistas contaban con otros lugares de recreación con todo tipo de lujos, como Costa Verde y Villa Lupe en Varadero, Casa Central de la FAR, en Miramar, Hotel Mariposa, en Ciudad de La Habana, Cayo Piedra y Cayo Blanco, entre otros, pero nada de eso me hizo cambiar mi manera de pensar. Al contrario, me abrió más los ojos, porque veía los lujos que disfrutaban los comunistas, las comidas que comían mientras mi otra familia y el pueblo vivían en apagones, sin comida y sin ningún lugar a donde poder salir. Por eso, a los quince años discutí con mi abuelo y le dije que ya no quería visitar más ninguno de esos lugares. Estas discusiones le provocaron dos infartos a mi abuelo y, aunque eso me ponía muy triste, nunca cambié mi posición.

06Mi entrada a la oposición

El detonante y mi posterior entrada a la oposición fue a partir de mis 15 años de edad, cuando, por tratar de ayudar a mi madre y a mí mismo, comencé a rebuscarme la vida haciendo negocios por la calle o en el “mercado negro”, como nos enseñaron a llamarle los malditos comunistas. Los comunistas le llamaban así porque, según ellos, esos eran negocios oscuros: si no trabajabas en sus negocios, todo lo que no era de ellos era ilegal, y por eso era oscuro. Me comenzaron a tratar como a un delincuente y a perseguirme. Yo siempre les decía que los verdaderos delincuentes eran ellos, que se roban todos los bienes del país, obligan al pueblo a tener que robar para poder sobrevivir y lo obligan a pensar como ellos. Vendía productos de primera necesidad para el cubano que carece de todo, productos que en ningún país son ilegales, pero en Cuba para los comunistas todo es ilegal. Comencé a venderles a amistades y conocidos leche en polvo, chocolate, ropa y otras cosas que el cubano no encuentra en las tiendas. Rápidamente los chivatos del barrio se activaron, le informaron al jefe de sector y me marcaron, como se dice en Cuba. Comenzaron las peleas con mi abuelo, que no quería que hiciera eso, pero continué porque a mi juicio nada de eso era malo y pronto vinieron los arrestos y la persecución. Las peleas con mi abuelo aumentaron y exploté. Comencé a gritar: “¡Abajo Fidel!” “¡Los Castro son unos asesinos!” “¡Abajo el comunismo!” Esto aumentó mi valentía y me empecé a lanzar para la calle en protesta. Rápidamente comenzaron a apresarme y hasta me mandaron una oficial de la policía que atendía a los menores de edad de nombre Mayra González, que era capitana de la policía y admiradora de las novelas policiacas de mi abuelo, que en ese entonces escribía, día y noche.

Durante años, la presidenta del comité, Teodora Rosa Navarro Serrano, a quien le decían Dora, esposa del director de la academia de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) de nombre Daniel Maseda Arias y la que la sustituyó de nombre Margarita Vargas, que era la esposa de un abogado que acompañó al dictador de Fidel Castro en su defensa en el juicio del Moncada de nombre Braudilio Juan Castellanos García, ambos muy amigos de mi abuelo paterno, así como la encargada de vigilancia de la cuadra de nombre Norma Dono, que era también la secretaria del partido en el núcleo zonal, y el jefe de sector de nombre Ovidio y el que lo sustituyó de nombre Osmany Chacón, ambos iban a mi casa a amenazarme con que me iban a llevar preso si no hacía las guardias cederistas y por hacer negocios sin contar con ellos. También me amenazaban por mis diferencias de pensamientos políticos y me inventaban diversos delitos, casos falsos, formularon denuncias y acusaciones anémicas de pruebas en mi contra.

Me arrestaban y me mandaron para casi todas las unidades de la policía de Ciudad de La Habana, entre ellas la unidad de Acosta el 31 de enero del año 2003 con el oficial de nombre Alexis, también fui llevado a Picota, ahí me atendió el primer teniente Joel de Diego.

El 19 de mayo del año 2005 fui citado para la cuarta unidad, una nueva infamia. Fui detenido y tratado como un elemento peligroso. Me tenían hecho un expediente de peligrosidad, que estaba remitido a la fiscalía para ser procesado, según un conocido de mi abuelo paterno supe que presuntamente las personas que promovieron el expediente fueron Mayra González la oficial de menores, la capitana Gelmy L. García Vidal, jefa de la policía de Palatino, Ovidio el jefe de sector y Nailan Pérez de descubrimientos masivos del DTI. A mi abuelo le informó una militante de su núcleo, una de las secretarias, Norma Dono, que en la contrainteligencia (CI) se sabía que yo era firmante del Proyecto Varela y que también sabían que me habían dado un documento de constancia por pertenecer al Proyecto Varela, firmado por Oswaldo Payá. El 24 de mayo, cuando ya llevaba varios días detenido en el calabozo, mi abuelo recibió una llamada de la Dirección General de la PNR y ese mismo día fui liberado. El 1 de junio, el patrullero 426 pasó gran parte de la madrugada parqueado frente a mi casa. El 3 de junio, fui detenido, me fue a buscar a mi casa el patrullero 522, me llevó para la unidad de Zanja, sin orden de arresto y sin decirme por qué me llevaba ni para dónde me llevaba; me dejaron libre en la madrugada.

El 10 de julio volví a ser citado, esta vez a la unidad de Blanquita, donde el jefe de la unidad, de nombre David, y el capitán Alberti procedieron de la manera más agresiva: querían que les firmara un documento donde yo reconociera hechos que no había cometido, pero no acepté. Alberti recogió el papel, me amenazó, le dijo a otro policía que me reabriera el expediente de peligrosidad y me advirtió que no iba a ser igual que la otra vez: “Yo sí voy a saberlo hacer, y no me lo van a rechazar aunque tu abuelo vaya a ver a quien vaya a ver”. Según Alberti, a mí cualquier día me iban a matar por mis andanzas.

Las patrullas me montaban una vigilancia fija en mi casa, y agentes de la Seguridad del Estado, G2, vestidos de civil, vigilaban constantemente mis movimientos e intervenían el teléfono de mi casa. Era una constante persecución en mi contra. Todo por pensar diferente.

07Adrián Leiva, Oswaldo Payá y el Proyecto Varela

Cuando contaba con 15 años de edad, mi posición y actitud llamaron la atención de mi líder y vecino Adrián Leiva, que era activista en el Proyecto Varela desarrollado por el Movimiento Cristiano Liberación, y nos hicimos amigos y comenzamos a debatir temas de política. Como era menor de edad y no podía firmar el proyecto Varela, colaboré recogiendo firmas para la campaña y repartiendo pancartas, y a los 16 años pude firmar y comencé como activista en el Movimiento Cristiano Liberación (MCL) liderado por Oswaldo Payá. Participaba en reuniones, recolectaba firmas para el proyecto y recluté amigos y conocidos en el activismo, repartí panfletos en las escuelas, en las paradas de la guagua, en los hospitales, en el Mini Max de Calzada del Cerro y en las calles, pintaba grafitis, comencé a tirar panfletos desde las alturas de los edificios, embarré con pintura las grandes fotografías en lienzo de Fidel, de Raúl y de otros líderes de la Revolución que había en cada cuadra por obligación y doctrina. Zafaba escritos de las estatuas, arrancaba los reconocimientos pirograbados que se ponían en los monumentos y comenzaron los arrestos, que fueron más de treinta. Todavía conservo algunos de los panfletos originales que reproducía y repartía cuando tenía 15 y 16 años.

Uno de los panfletos originales del Proyecto Varela que yo repartía en La Habana cuando tenía 15 y 16 años: en las escuelas, en las paradas de la guagua, en los hospitales y en las calles. Todavía lo conservo. Foto: archivo personal.
Archivo personalUno de los panfletos originales del Proyecto Varela que yo repartía en La Habana cuando tenía 15 y 16 años: en las escuelas, en las paradas de la guagua, en los hospitales y en las calles. Todavía lo conservo. Foto: archivo personal.
Por dentro, el panfleto que yo repartía explica lo que pedía el Proyecto Varela: libertad de expresión y de asociación, amnistía para los presos políticos, el derecho de los cubanos a tener sus propias empresas, una nueva ley electoral y elecciones en menos de un año. Foto: archivo personal.
Archivo personalPor dentro, el panfleto que yo repartía explica lo que pedía el Proyecto Varela: libertad de expresión y de asociación, amnistía para los presos políticos, el derecho de los cubanos a tener sus propias empresas, una nueva ley electoral y elecciones en menos de un año. Foto: archivo personal.

08Las torturas, los golpes, las violaciones de derechos y la huelga de hambre

En esos arrestos, violando mis derechos y tratando de doblegarme, me partieron la cabeza, la quijada y un dedo, y no me daban atención médica. Por eso, desde los 17 años tengo problemas de presión: se me descompensó en un calabozo de la unidad de policía “Picota”, en La Habana Vieja, durante mis huelgas de hambre. Cada vez que me arrestaban me torturaban, me daban golpes y me amenazaban. No me dejaban ver abogados, solo al político de la unidad, y este me amenazaba y trataba de ponerme a trabajar para ellos. Me ponían un bombillo de aproximadamente 1000 watts en la celda que no me permitía dormir. Me bañaban con mangueras a presión. Me escupían la comida. Me ponían la televisión y los radios a todo volumen con discursos del tirano Fidel Castro.

09Tres meses en Villa Marista

En otra ocasión, a partir del 2 de enero del año 2008, me mantuvieron aproximadamente tres meses en Villa Marista, que es la sede del Departamento de Seguridad del Estado y centro de detención e interrogatorios en La Habana, Cuba, porque me cogieron a unas cuadras de la Plaza de la Revolución después de tirar unos volantes el día del triunfo de la Revolución. No me permitieron visitas, ni atención médica, ni abogados. En la única visita que me dieron trataron de engañarme. Me pasearon a mi madre vestida de presa y, mediante un cristal, me dijeron que era mi última oportunidad para hablar y decirles quiénes eran mis líderes o quiénes me habían dado aquellos volantes. Me dijeron que, si no les decía, se la iban a llevar presa. Pero seguí diciéndoles que yo no sabía nada de eso y que yo no era. Me volvieron a meter para mi celda solitaria. Al rato me dejaron ver a mi mamá. Ella me dijo que la habían vestido así porque le dijeron que había una epidemia y tenía que ponerse aquella ropa. Luego de eso me soltaron a los pocos días.

10Coronel José Veiga Gadea (Morán) y el intento de reclutarme

El día que me liberaron de Villa Marista, mi abuelo me pidió que lo acompañara, engañado, a casa de Morán, un amigo suyo, coronel de la Seguridad del Estado, que vivía en ese entonces en una lujosa casa en el Casino Deportivo. Morán tenía una brigada de viejos retirados de la Seguridad del Estado a los que, con equipos sofisticados, les permitían escarbar y sacar oro y reliquias en todo el país: eran una especie de ladrones autorizados por la Seguridad del Estado.

Mientras conversaban en la sala de su casa, mi abuelo me dijo que ya volvía, que iba a la cocina a dejar su taza de café, y se quedó hablando en la cocina con la mujer de Morán. Entonces Morán comenzó a preguntarme si yo pertenecía al movimiento opositor de Oswaldo Payá o quiénes eran mis líderes en la oposición. Le contesté que yo no conocía a ese señor y que no estaba en nada contra la Revolución. Él me decía que sabía que sí, que le estaba mintiendo, que confiara en él, que gracias a él no me habían dejado preso otras veces, pero que ya no iba a poder sacarme más de los calabozos e iba a ir preso.

Me propuso trabajar para la Seguridad del Estado. En eso salió de la cocina mi abuelo y nos fuimos para la casa. En el camino le dije a mi abuelo que, si me volvía a llevar ahí, iba a meterle una galleta a ese viejo. Mi abuelo se ofendió. Después de ese día, cada vez que Morán iba a visitar a mi abuelo, yo me iba de la casa por el patio, brincaba el muro de los vecinos y me escapaba. No quería verle la cara a ese viejo comunista. Cada vez que me arrestaban trataban de reclutarme. Pero nunca acepté. Nada podía cambiar mi convicción.

11El día que conocí personalmente a Oswaldo Payá

Ese día que regresé de casa de Morán, despisté a mi abuelo y fui a ver a mi líder Adrián Leiva y le conté lo que trató de hacer el coronel Morán y le conté lo que me dijeron él y mi abuelo de que ya no me iban a salvar más, que ya no podían hacer nada para que no me llevaran para prisión y si seguía en la oposición me iban a llevar preso muchos años. Adrián me felicitó y se puso muy contento. Recuerdo que me dijo que yo iba a llegar lejos en la oposición si seguía así.

Días después me mandó a llamar con otro activista. Este llegó a mi casa y me dio la contraseña que siempre usábamos cuando necesitábamos vernos con urgencia. Rápidamente fui a verlo. Cuando llegué a su apartamento me presentó a Oswaldo Payá. Fue el primer día que lo conocí. Ese día me dieron un reconocimiento y respondí sus preguntas sobre todas las veces que fui preso y las amenazas que me habían hecho, de que ya no podían seguir salvándome de la prisión.

Me dijeron, junto con Adrián, que me iban a sacar de las calles. Yo me ofrecí para espiar a mi abuelo y pasarle al movimiento toda la información que pudiera obtener. Así lo hice hasta que salí hacia Estados Unidos. Años más tarde, el régimen intentó infiltrar en mi organización opositora a varios de sus informantes (espías) residentes en Estados Unidos, México y Costa Rica, y yo, por confiado, les conté esta historia; meses más tarde, en el año 2020, le mandaron a mi abuelo en Cuba un agente permanente de la Seguridad del Estado. Toda esa historia la daré a conocer próximamente, con más detalles, en mi libro.

12Los arrestos y el expediente que fueron construyendo contra mí

Muchas veces llegaba una patrulla a mi casa y me llevaba preso por gusto. Ni me decían para dónde iba ni por qué. Solo me decían que tenían la orden de llevarme. Me montaban en la patrulla y me llevaban. Después me soltaban a los dos o siete días. Una de esas veces, el 17 de mayo de 2005, la patrulla se paró frente a la casa de mis abuelos en Palatino, donde yo nací. Venían a buscarme para llevarme preso, sin motivo ni explicación. Con el tiempo me di cuenta de que era para engordarme un expediente e inventarme delitos falsos: dos días después, el 19 de mayo, me citaron a la cuarta unidad y ya tenían hecho un expediente de peligrosidad contra mí. Una de las figuras que utilizaron contra mí fue la llamada ley de peligrosidad, mediante la cual podían intentar sentenciar a una persona sin que necesariamente hubiera cometido un delito concreto, bajo el argumento de que podía cometerlo.

La patrulla de la policía frente a la casa de mis abuelos, en Palatino, Cerro, La Habana, donde yo nací, el 17 de mayo de 2005. Ese día vinieron a buscarme para llevarme preso, sin motivo ni explicación. Dos días después, en la cuarta unidad, ya tenían hecho un expediente de peligrosidad contra mí. Foto: archivo personal.
Archivo personalLa patrulla de la policía frente a la casa de mis abuelos, en Palatino, Cerro, La Habana, donde yo nací, el 17 de mayo de 2005. Ese día vinieron a buscarme para llevarme preso, sin motivo ni explicación. Dos días después, en la cuarta unidad, ya tenían hecho un expediente de peligrosidad contra mí. Foto: archivo personal.

Otra vez me llevaron por desacato a la autoridad, solamente por preguntarle a un policía por qué me estaba deteniendo. En otra ocasión, en agosto de 2002, un policía me multó por “desobediencia” en la Calzada del Cerro y Primelles solo porque le pregunté por qué me pedía el carné de identidad. También me detuvieron por daños a la propiedad del Estado porque encontraron un grafiti en una pared cerca de mi casa. Estoy convencido de que me hubieran asesinado o me hubieran dado muchos años en prisión, como les ha sucedido a tantos opositores en Cuba. Yo de la dictadura del gobierno de Cuba espero cualquier cosa. También llevo conmigo el dolor por los asesinatos de mis líderes Oswaldo Payá y Adrián Leiva, quienes marcaron profundamente mi vida y mi entrada en la oposición.

Un policía me pone una multa por “desobediencia” en la Calzada del Cerro y Primelles, en La Habana, en agosto de 2002. Me pidió el carné de identidad en plena calle y, solo porque le pregunté por qué me lo pedía, me multó. Yo soy el que está a la izquierda. Foto: archivo personal.
Archivo personalUn policía me pone una multa por “desobediencia” en la Calzada del Cerro y Primelles, en La Habana, en agosto de 2002. Me pidió el carné de identidad en plena calle y, solo porque le pregunté por qué me lo pedía, me multó. Yo soy el que está a la izquierda. Foto: archivo personal.

13Mi fe: Dios, Orula y los orishas

Creo en Dios y lo considero, ante todo, nuestro creador; Él es el Rey de los ejércitos. Además, creo en la palabra de Orúnmila y de los orishas, ya que desde los 16 años de edad me inicié en la religión afrocubana yoruba practicada en Cuba. A esa edad recibí la mano de Orula, a Osun, a Elegguá y a los guerreros (Ogún y Oshosi), y posteriormente a mi ángel de la guarda, Oddúa. Cuando tuve que salir de Cuba, continué la religión en Miami y pasé a ser sacerdote de Orúnmila (babalawo). Orúnmila me dio el signo de Baba Eyiogbe.

La mayoría de los cubanos se introducen en esta religión buscando bienestar para su salud; otros la han utilizado como moda. En mi caso, la obtuve por temas políticos: para alejar y burlar las fuertes persecuciones de la policía comunista de Cuba. A pesar de que me perseguían, me vigilaban la casa y me llevaron arrestado decenas de veces, la religión me orientó muchas veces. Considero que Orula siempre me alertó y nos ayudó, tanto a mí como a mi abuelo, para conseguir sacarme libre, y protegió a todos en la casa. A lo largo de mi vida, mi fe siempre ha estado al servicio de la libertad de Cuba.

14Tuve que salir de mi país

Cuando le dijeron a mi abuelo que ya no lo iban a ayudar más conmigo y que yo iba a caer preso, llamaron a mi papá, que vivía en Estados Unidos, y le pidieron que me pusiera la reclamación con él de inmediato porque ya no podían conmigo: se dieron cuenta de que nada podía hacerme cambiar mi manera de pensar. Fue cuando mi papá contrató un abogado y agilizó los trámites de mi reclamación. Tuve que aceptar irme de mi país sin querer hacerlo; fue prácticamente obligado, porque si no, me iban a meter preso muchos años.

El día que me llegó la reclamación de mi papá para los Estados Unidos no me dejaban salir del país porque nunca quise pasar el servicio militar. Mi abuelo tuvo que negociar su pasaporte por mi salida del país, y aceptaron. Un mes más tarde, el 18 de septiembre del año 2009, viajé junto con mi padre rumbo a Miami, en Estados Unidos. Pero salir de Cuba no significó que dejara de apoyar la causa de la oposición cubana.

15Mis abuelos hoy: perseguidos en su propia casa

En la actualidad, mi abuelo Luis Adrián Betancourt ha publicado más de una docena de libros, que se venden en más de 200 librerías de más de diez países. También tiene libros de muestra en la prestigiosa Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Siempre he tenido la duda y me pregunto: ¿quién estará cobrando los derechos de autor de todos esos libros de mi abuelo en todas esas librerías? ¿Quién estará publicando sus libros, mientras mis abuelos sobreviven con lo que mi padre y yo les podemos mandar? Mi pensamiento es que el gobierno comunista de los Castro se los negoció, como le hicieron negociar su pasaporte para que me permitieran salir de Cuba, o que detrás de esos libros hay perfiles falsos: comunistas que se hacen pasar por intelectuales por todo el mundo con el fin de espiar y robar información para el G2 de Cuba.

Hoy mi abuelo se encuentra en Cuba junto a mi abuela, mi protectora, en su vieja casa de Palatino. Ese gobierno todo se lo ha quitado. Los tienen en constante persecución y amenazados: les dicen que tienen que hablarles de mí y que, si no, les quitan su casa. Les hacen registros, los vigilan, espían todas sus comunicaciones y persiguen todos sus pasos, como si fuéramos de su propiedad y como si Cuba fuera de ellos.

A mis abuelos los cuidan mi tía, Tatiana Betancourt, y mi primo, Amaury Ortiz. Un agente de la Seguridad del Estado que se hace llamar Valentín también le ofreció trabajo a mi primo: le dijo que, si quería, podía trabajar para ellos en cualquier trabajo que le dijeran. Empezaron a hacerle lo mismo que a mí: quieren reclutarlo. Lo que les pase a mis abuelos, a mi tía y a mi primo será responsabilidad de Díaz-Canel y de su dictadura.

Como la mayoría de las familias en Cuba, mis abuelos sobreviven gracias a nosotros, sus familiares en el exilio, y gracias a la buena fe de los Estados Unidos de América y de sus países aliados, que nos reciben. El gobierno de Cuba solo piensa en salvarse ellos, y si no obedeces al aparato represor, te desechan y te apagan, como los apagones.

16Mi agradecimiento a Dios y a los Estados Unidos

Mi juventud en Cuba fue muy difícil, por culpa del gobierno comunista de los Castro. Le agradezco a Dios toda la ayuda que le dio a mi padre para que, desde los Estados Unidos, pudiera ayudarnos. Y le agradezco a Dios por los Estados Unidos: si no fuera por ustedes, mi papá hubiera muerto, y no sé qué habría sido de mi familia y de mí. Todos los cubanos estamos muy agradecidos con Dios y con los Estados Unidos. Por eso los amamos cada día; sin ustedes, Cuba no existiría.

17La dictadura nos persigue también en el exilio

La persecución no terminó cuando salí de Cuba. En febrero de 2026, el régimen detuvo en Cuba a diez panameños que habían ido en nombre de CDC a apoyar al pueblo cubano, y siete de ellos siguen presos. El 10 de septiembre de 2026, la Cancillería de Panamá divulgó, con su membrete oficial, un comunicado firmado como “Familiares de los siete panameños detenidos en Cuba”, que nos pide “abstenernos” de seguir hablando en público por ellos. Lo repitieron casi todos los periódicos de Panamá, y también Prensa Latina, la agencia oficial del régimen cubano, que nos llamó “organización contrarrevolucionaria”. Respetamos el dolor de esas familias, pero para nosotros fue una amenaza anticipada: después vinieron una denuncia contra nuestra vocera, que según nuestro abogado está anémica de pruebas, y notas que mienten sobre mi madre.

Mi respuesta es esta: si esa persecución continúa contra nosotros, que se abstengan todos esos comunistas. A nuestra oposición cubana y al exilio cubano se les respeta.

18Esto no es solo mi historia

Esto no es solo la historia de parte de mi juventud en Cuba. Esto es un llamado para que todas las personas dentro y también fuera de Cuba pierdan el miedo y denuncien a la dictadura. Sabemos que en la mayoría de las familias cubanas hay un “chivatón comunista”; no permitan que por tener a un abuelo o un miembro de su familia en la policía tengan que callar o permitir los abusos del régimen, cuenten su historia, denuncien, salgan para las calles en protesta. Jamás se queden callados, el miedo no existe ni nunca es demasiado tarde y sobre todo confíen en Dios.

Díganle al familiar comunista, como yo le dije a mi abuelo: ellos no te quieren; los Castro son unos traidores; te traicionaron a ti, a sus propios amigos, a todos los que creyeron en ellos y al pueblo entero de Cuba. No sigan engañados, el cambio tiene que ser YA.

¡Abajo la dictadura de los Castro y de Díaz-Canel!

“El hombre se vuelve viejo muy pronto y sabio demasiado tarde, justamente cuando ya no hay tiempo.”

Boris Mauricio Betancourt Hernández, opositor cubano, empresario y líder de la organización anticastrista Camino a la Democracia de Cuba (CDC)

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